La insoportable levedad de la microeconomía.

Bueno, pues el PDm baja a -0,31 mientras el precio del dolor (2400) sigue subiendo sin volumen y como a regañadientes detrás del contado, algo que suele denotar incertidumbre y escasa visibilidad. Estos cambios a una semana de la expiración y con todo el pescado vendido (poco pescado, la verdad sea dicha) son poco habituales y quizá sólo indiquen que las manos fuertes están fuera del negocio y esperando a Godot.

Mi querido compañero de fatigas docentes P.R. ya no quiere ser economista. “Mira, yo ya no tengo edad para memorizar catecismos. Y la economía, al menos en su forma académica actual que es la que yo conozco, es una religión, incluso una secta. Estoy harto de la petulancia pseudo-científica de la deshonestidad intelectual, de la axiomática-matemático-teológica… La casta universitaria sigue al stablishment como el sabueso al cazador…”

“Sí, pero…”

“Verás, te voy a contar un pequeño secreto que nunca le he contado a nadie. Hace dos años tuve que lidiar con un cuarto de ESO de los que ponen los pelos de punta. En especial me hacían la vida imposible tres repetidores muy pasados de años, de vueltas y de canutos, gente achulada y turbulenta que ya coquetea con la predelincuencia, ya sabes, de esos que te acogotan midiéndote cada minuto con una nueva provocación. Iba hacia aquella aula como un galeote por los pasillos del miedo. Palpitaciones, tensión insoportable ante el próximo y seguro incidente, plegarias secretas para que no vinieran vista la imposibilidad de que les expulsaran y pudiera perderlos de vista para siempre.

A la vuelta de Navidades estaba tan desesperado que no me veía capaz de aguantar seis meses más sin caer en un altercado violento, en una depresión o en un colapso nervioso. Y entonces -compréndeme, estaba acorralado-, se me ocurrió algo, bueno…, inconcebible. Les hice una proposición secreta y deshonesta: 50 euros al mes si me dejaban dar clase. El pago, a mes vencido y por supuesto, ni una palabra a nadie. Mudos se quedaron, mirándose de reojo, desconcertados, llenos de recelo. Les tranquilicé diciéndoles que me importaban una higa sus miserables vidas y lo que hicieran con la pasta, que se trataba simplemente de comprar su silencio. Un trato ventajoso para ambas partes. Do ut des. A cumplir y a cobrar. Pues bien, aquello fue la más sucia, la más innoble y la mejor inversión que he hecho en mi vida, 250 euros por cinco meses de paz. Aquella clase empezó a ser por fin una de tantas, con sus silencios, sus pequeños barullos, sus días mejores y peores, su lento progreso, su bendita normalidad y con mis repetidores en completo silencio. A fin de cuentas, ese era su trabajo y era un trabajo fácil, aunque si lo piensas despacio quizá haya pocas cosas más difíciles para un chico de 17 años que permanecer cinco horas a la semana mudo e inmóvil. Así que, ¿por qué no? les animé a trabajar. No quiero hacerme ilusiones, sospecho que aquello fue fruto del aburrimiento o del temor a que una negativa pudiera suponer la suspensión de pagos, pero lo cierto es que empezaron a hacerlo. Al principio con resignación, después con una especie de condescendencia irónica y desdeñosa, más tarde, porque de tontos no tenían un pelo, con vergonzante interés. Hasta que por fín J. –siempre más chulo que un ocho-levantó un gran día la mano y dijo con orgullo que quería salir a la pizarra. Y todo fue rodado. Quién lo habría dicho. Como si hubieran descubierto que había una  recompensa secreta en dejarse penetrar por el significado de las palabras, en el razonamiento, en la causa y el efecto los vi ávidos de comprender, de la satisfacción de resolver un problema y de la complacencia en ser calurosamente felicitado por ello.

Y mientras tanto empecé a percibir con verdadera delicuescencia que me distinguían con algo que casi se parecía al respeto y que iba más allá de la simpatía. Al final, los tres aprobaron, uno con nota, otro con holgura, el tercero, el segundón, el más infeliz, con un aprobado piadoso pero agradecido. Un viernes de Junio, aún me parece estar viéndolos, se me presentaron los tres en el despacho con un aire funerario, solemne, y la cabeza gacha. “Hemos pensado que…” y me pusieron en la mano un billete de 100 euros. Era un gran ocasión para hacerse el duro y decirles que faltaban 150, pero apenas podía sobreponerme a una emoción que me apretaba la garganta de forma insoportable. “Faltan 150 pero es que no tenemos más. En Septiembre te los devolvemos. Te lo juro.” “No hace falta. Hicimos un trato y el dinero es vuestro.” “No es nuestro, profe, pero gracias por todo. Eres el mejor.” Nos deseamos suerte. Nos dimos un apretón de manos y salieron. Me quedé diez minutos hipando y sollozando con el billete entre las manos. El tuétano de mis huesos tenía la consistencia de la leche condensada mientras resonaba en mi cabeza la banda sonora de Cinema Paradiso. Ti…, tititatitotá… ti… tututú… ru… A veces se pasan por el Centro a saludar a los colegas y vienen a verme y a contarme su vida. J. quiere ser poli. A., alto, bienhumorado, gordinflas, intenta entrar en la escuela de Hostelería. Mientras R. sigue de tripitidor, liando canutos y haciendo pellas. Me estrechan la mano, me palmean la espalda, me sonríen con un afecto y una ternura que echo de menos en mi propio hijo.  

Ahora intenta meter en una caja de Edgeworth o en una curva de indiferencia la utilidad marginal decreciente, la maximización del beneficio y la no saturabilidad de consumidor. Qué complicada, qué imprevisible es la conducta de un ser humano. Y queremos modelizarla con una estúpida función estrictamente cuasicóncava ¿A dónde conduce esto? ¿Qué clase de principios se deducen de estas entelequias? ¿Por qué se invocan para justificar la perpetuación de un intolerable estado de cosas? “

 “Sí, pero…”

 

“Sí, pero…”

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Con un clavo en el cerebro.

 Al precio del dolor no le ha impresionado nada el tirón alcista de la semana que concluye y no se quiere apartar de los 2350. Como consecuencia, las líneas divergen pero el oscilador (-0,44) apenas se mueve unas décimas ya que el volumen es raquítico, de los más bajos que he visto en los últimos dos años en vencimientos mensuales. Si nos hemos embarcado en una tendencia alcista sólida y sostenible o en una tendencia alcista que tiene las piernas más cortas que una mentira, lo ignoro. Parece que los vendedores de opciones, y no olvidemos que se trata de seres con cierta capacidad para hacer coincidir los vencimientos con sus intereses, tampoco lo tienen muy claro. Se mantienen cautos, escépticos o fuera del mercado.

 

Iba a escribir que se acerca una semana crucial con un posible desenlace definitivo para la crisis de deuda griega que posiblemente no sea un verdadero desenlace ni mucho menos definitivo. Pero eso es exactamente lo mismo que escribí la semana pasada y quizá lo que tenga que escribir la que viene. Potencialmente letales que sean, hay traumas que dejan de hacer daño cuando empiezan a aburrir y Grecia aburre mucho. Así que el mercado sigue su vida normal con un clavo en el cerebro y siempre confiado en una verdad inconcusa: Por muchas deudas que se amontonen, siempre habrá un banco central que puede expandir indefinidamente su balance. Y ahora Alemania mira para otro lado o guarda silencio. Un silencio que vale muchos puntos de índice.

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Don Estanislao ya no aguanta más.

Tímido optimismo que se traduce en el repunte del precio del dolor en 50 puntos, hasta 2350. El volumen no acompaña y el oscilador marca -0,4 lo cual no significa gran cosa en ningún sentido. Se acerca una semana crucial (¿cuál no lo es a priori?) con un posible desenlace definitivo para la crisis de deuda griega que posiblemente no sea un verdadero desenlace ni mucho menos definitivo. A fin de cuentas, cuatro años llevamos ya pasándonos la patata caliente de la impagable deuda global y también en Europa se va dando paso al brillante e imaginativo expediente de la impresión monetaria, como siempre en la historia. El último (acaso aún está por nacer) paga. Al menos hay algo en lo que ya todos estamos de acuerdo: la necesidad de hacer sacrificios. El empresario cree que debe sacrificar a sus empleados, el político, a los contribuyentes, el banco a sus clientes, los clientes, al estado, el estado, a otro estado. También esta semana hemos descubierto con verdadero asombro que la tasa Tobin no convence a los llamados a sufragarla.

            Estanislao Figueras fue el primer presidente de la I República. En su último consejo de ministros, harto de personalismos, ocurrencias y disputas estériles dio un puñetazo en la mesa y exclamó: “¡Señores, ya no aguanto más. Estoy hasta los c. de todos nosotros!” Esa misma tarde después de dar una vuelta por el Retiro se acercó hasta la estación de Atocha y se metió en el primer tren para París.

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Wall Street c’est moi.

El Elvencimiento del Viernes se liquidó con un saldo levemente negativo del oscilador  (-0,43) pero más de 100 puntos por encima del strike mínimo, lo que da idea del escuálido volumen de contratos negociados, situación que se repite de cara a Febrero. Ahora mismo andamos en -0.35, clavados en los 2300 puntos y haciendo caso omiso del repunte bursátil que ha animado a los índices europeos por puro mimetismo de los nuevos aires que soplan de ultramar.

En efecto, la fortaleza de los índices norteamericanos, a un paso de tocar otra vez máximos post-crisis, es ya lo único que impide a Europa entrar en barrena pero, lógicamente, no es suficiente para sacudirle la flojera al Dax, la modorra al Euro-Stoxx o la deprimente galbana al Ibex, un índice condenado que en ningún momento ha conseguido superar la media móvil de 200 semanas desde que la perdió de vista en Mayo de 2008, y que ahora mismo prosigue su implacable descenso 2000 puntos de vellón más arriba, un 25% en términos porcentuales.

¿Por qué estas divergencias? La respuesta es, básicamente, un 2 seguido de 12 ceros (2.000.000.000.000$) que es la diferencia entre el contador de la fotocopiadora de billetes verdes y de la de euros. Es evidente que tal derrama de liquidez no restaura la confianza, ni estimula la demanda ni espolea el crédito ni fomenta la inversión pero encarece los activos de riesgo, las materias primas y los bonos. Es muy difícil predecir  cuál es el límite de la expansion cuantitativa. Quizá sólo la paciencia de una población empobrecida hasta la médula y armada hasta los dientes mientras la gran banca de inversión sigue durmiendo a pierna suelta, comiendo a dos carrillos y fornicando a calzón quitado. Vuelve el Antiguo Régimen.

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Esperando a Godot.

 

 

 

 Elprecio del dolor (2300) se mueve tímidamente en pos del contado aunque el volumen es bajo incluso para los parámetros medios de un vencimento mensual. El oscilador, en -0,39, no sale de su indiferencia. Seguimos esperando el trueno gordo y no hay mercado.

De momento hemos dejado atrás el mejor año estadísticamente del ciclo presidencial, es decir, el previo a las elecciones, y entramos en el año de elecciones, uno de los que presenta históricamente peores rendimientos. Esta semana he tenido ocasión de leer algunos estudios caseros basados en muestras pequeñas y sesgadas que abundan en torpedades e inexactitudes sobre este fenómeno. Contrastando mis propios datos con una muestra que se remonta a 1928 para el Dow-Jones, a 1950 para el SP-500 y a 1984 para el tecnológico Nasdaq, y a la vista del gráfico que adjunto, se pueden deducir las siguientes conclusiones:

El año electoral, es el segundo peor en retornos. Dow, 4%, SP. 6%, Nasdaq -2%. Sin embargo, no lo es en porcentaje de años alcistas: 70% de media.

El año posterior es el peor en porcentaje de años alcistas y en retorno y con gran diferencia si obviamos el comportamiento del Nasdaq cuyo recorrido es muy corto, paroxístico (burbuja tecnológica) y sesga la muestra.

El año intermedio es, como su nombre indica, intermedio, tanto en retorno como en ratio de años alcistas. 60%, 5%

El año previo a las elecciones es vocacional y espectacularmente alcista. Ha cerrado en verde más del 90% de las veces entre Dow y SP-500 y presenta un rendimiento medio  superior al 20%. Hasta tal punto es fiable esta pauta estadística que si el SP-500 hubiera cerrado el último día del año pasado 5 décimas de punto más arriba, 1257,65 en vez de 1257,60 (precio de cierre a 31/12/2010), el SP-500 jamás habría conocido un año pre-electoral bajista. Tenemos, por tanto, una pequeña anomalía histórica cuyo significado e interpretación queda al buen juicio de mis siempre perspicaces y facundos suscriptores.

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Memorias del mercado muerto.

Creo que la gráfica de hoy ilustra perfectamente la catatonia y la falta de pulso del índice. Desde el pasado 23 de Diciembre al cierre de ayer el Euro-Stoxx no se ha movido ni siquiera un punto. El oscilador, en irrelevante -0,14 y el precio del dolor, incólume y depresivo, nos aburre en esos 2250 desde hace un mes sin que se vislumbre el catalizador que le haga salir de su letargo. Alguien dijo que la vida del soldado consiste en largos periodos de aburrimiento y breves periodos de terror. Pues bien, se diría que el mercado entretiene la espera del próximo episodio de pánico (el pánico también puede ser alcista) jugándose unos cuartos a los naipes del intradía.

El efecto Febrero o la redundancia. Memorabilia (IV).

 Como todos los años, los viejos conocidos han vuelto a la cita en cumplimiento de un rito milenario y sedante, como si quisieran recordarnos que por mucho que esté lloviendo ahí fuera, las 5 es la hora a la que se toma el té. Uno que nunca falta por estas fechas es el famoso efecto Enero que hace correr ríos de electrones por nuestras pantallas. El enunciado es muy simple: El comportamiento del índice en los 10 primeros días de Enero, en los 5 primeros días de Enero, o en todo Enero (siempre hay inconformistas, disidentes y enredadores) anticipa el signo del balance final del año. ¿En serio? Pues sí, la cosa va en serio. No hay más que mirarse una tabla histórica y comparar. ¿Y por qué precisamente Enero? Como con la edad uno tiende al escepticismo y a la duda metódica se me ha ocurrido hacer lo mismo con el mes de Febrero, no por nada, sino por el hecho estadísticamente irrelevante de ser el mes siguiente. Los resultados que he encontrado son verdaderamente sorprendentes: El comportamiento del índice en los 10 primeros días de Febrero, en los 5 primeros días de Febrero (y sospecho, aunque no he elaborado los datos, que también en todo Febrero, luego diré por qué) anticipa el signo del balance final del año mejor que Enero, como puede verse en la tabla adjunta. ¡Ospa! ¡El efecto Febrero! ¿Y qué pasará con Marzo, o con Abril, o con todos los demás meses? La respuesta es previsible, no hay más que ir agrupando los datos históricos de cada año en periodos de 5 sesiones (una semana) 10 sesiones (dos semanas) o un mes y comprobar que cuanto más largo es el tramo considerado es menos probable que su balance respectivo haya ido contra la tendencia de largo plazo. Ejemplo: Año 2005 (alcista) 16 semanas bajistas contra 36 semanas alcistas. Año 2006 (alcista) mismo resultado. Año 2007 (alcista pero ya no tanto), 18 contra 34. Atención al año 2008 (bajista): 21 semanas alcistas frente a 31 bajistas. La volatilidad ha incrementado el número de semanas “anómalas” y explica perfectamente por qué el llamado efecto Enero lo hace mucho mejor en los ciclos expansivos que en los recesivos. Ni que decir tiene que si tomamos quincenas o meses en vez de semanas, el “efecto Enero” es abrumador: Año 2005: 9 meses alcistas contra 3 bajistas. Año 2006: 11 contra uno. Año 2007 (el de la inflexión): 7 contra 5. Año 2008: 9 bajistas contra 3 alcistas. El efecto Enero bien podría llamarse el efecto semana, el efecto quincena o el efecto mes y parece responder a una perogrullada sin ningún valor hipotético ni deductivo ni mucho menos predictivo. No obstante, tengo que admitir que saldríamos completamente de dudas si alguien se molestara en estudiar el “efecto Enero” de todos y cada uno de los meses del año en periodos de semana quincena y mes desde que existen registros. Este es un estudio que yo no voy a emprender. Me da que es un viaje para el que no necesito alforjas.

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Feliz Navidad con abadesa preñada y activo tóxico. (Óleo sobre lienzo)

Según el Diccionario de Uso del Español, el oxímoron es una figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto. Desde la abadesa preñada de Gonzalo de Berceo en el siglo XIII al activo tóxico de nuestros días, la vocación del oxímoron es suscitar la sorpresa, despertar nuestra curiosidad, provocar la incredulidad o la ironía, y a veces, iluminar la vida con la revelación de una paradoja oculta y maravillosa (la soledad sonora de San Juan de la Cruz). Cuando el oxímoron se tensa hasta lo imposible entra en el terreno de la contradictio in terminis, fuente de jugosos chascarrillos y malvados sarcasmos como el del sardónico Unamuno que cuando le preguntaron si había leído el último número de El pensamiento navarro, exclamó: ¿El pensamiento navarro? ¡Imposible! Tengo un amigo que los colecciona, compila e incrementa en función de sus propias filias y fobias, de forma que su lista incluye además de pensamiento navarro (ya todo un clásico), derecha civilizada, naciones unidas, trabajo temporal, querido compañero, feliz navidad e incluso Microsoft Works (Microsoft funciona).
La verdad, yo no sé si a ustedes feliz navidad les parece la formulación de un deseo noble y puro o un oxímoron a una contradicción en sus términos o una fórmula hueca para despachar de una vez al jefe antes de unos días de vacaciones, porque tantas cabezas, tantos sombreros. Por mi parte no puedo dejar de desearles lo mejor a los que me leen, a los que me ignoran, a los que inspiro, a los que me inspiran, a los que me ceden sus imágenes sin saberlo, a los que ya me han olvidado y en especial a ese E.L.D.F. que siempre va conmigo, a todos: Que descansen, que sueñen, que apaguen la tele y que hablen con los niños.
Y por cierto: ¡Feliz Navidad!

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